Recorrido: Rosario de la Frontera (Argentina) – Villazón (Bolivia)
Distancia: 493 km
Tiempo: 9 hs 30 minutos
La ruta de la Puna
La ansiedad y los nervios del primer día de viaje, eran cosa del pasado. Ahora empezamos a disfrutar planamente de nuestra aventura. A las seis y diez de la mañana partimos hacia La Quiaca, y a unos pocos kilómetros el paisaje se torna muy diferente. Predomina el color verde de las montañas y la ruta que transitamos se hace cada vez más sinuosa.
Paramos a desayunar en una estación de servicio, en San Salvador de Jujuy, y mientras disfrutamos de un rico café con medialunas vemos a través del vidrio dos viajeros en moto que se acercan. Son Mauricio y Martín! –nuevamente y de casualidad nos volvemos a encontrar-. Mientras Mauricio trata de inflar una rueda, Martin le ayuda a sostener la moto. Con Gabi sumamos nuestra asistencia, y de repente todos empezamos a reír, ya que somos cuatro personas alrededor de una moto tratando de inflar una rueda. Mauricio y Martin parten nuevamente. También se dirigen a Machu Picchu, pero harán un recorrido inverso al nuestro; primero cruzarán a Chile, luego Perú y la vuelta será por Bolivia.
Retomamos la Ruta 9 y nos dirigimos hacia la Quebrada de Humahuaca, en donde el verde se transforma rápidamente en diferentes tonos de marrones. Las vistas son impresionantes y el Cerro de los Siete Colores se roba la mirada de los tres. Nuestro paso por la quebrada es fugaz, pero en mi cabeza queda pendiente la idea de hacer un futuro viaje y dedicarlo especialmente a recorrer estas rutas.
Al llegar a Tilcara puedo ver que la ciudad está abarrotada de Turistas; las calles están llenas de gente y autos que van y vienen. Debemos cargar nafta, pero decidimos seguir hasta Humahuaca, en donde encontramos una estación de servicio muy pintoresca en pleno centro. Mientras esperamos nuestro turno para reponer combustible, charlamos con gente de diferentes lugares, que curiosos, nos hacen variadas preguntas; de dónde venimos, a qué velocidad viajamos, cuántos kilómetros llevamos hechos, hacia donde nos dirigimos, y muchas otras que nosotros entusiasmados respondemos con lujo de detalles.
A medida que pasa el día, la altura del terreno comienza a elevarse. Mi respiración se va dificultando y Gabi empieza a sufrir fuertes dolores de cabeza. Para contrarrestar el mal de altura vamos “coqueando” –colocamos entre las mejillas y la mandíbula hojas de coca-. Por $10 compramos una bolsita en un kiosco de Rosario de la Frontera. Cuando probamos por primera vez la coca, sentimos un sabor realmente amargo y casi la terminamos escupiendo. Lo que ignorábamos era que las hojas no se deben mascar, si no que hay que dejarlas que solas vayan soltando el sabor. Charlando con gente de la región, nos dijeron que este hábito además de contrarrestar el mal de altura, es usado para combatir el sueño, el hambre, la sed y el cansancio, y es posible clasificar a las hojas según su calidad y también según la cantidad que contenga el envase.
Seguimos recorriendo la Quebrada de Humahuaca en paralelo al Río Grande, que se encuentra totalmente seco, pero así mismo nos ofrece unos paisajes increíbles. Cerca de un pueblito llamado Tres Cruces tomamos unas fotografías, aprovechando a descansar. Como curiosidad, hace mucho tiempo que dejé de ver vacas y caballos en los campos. En estas tierras reinan las llamas, y me sorprendo cada vez que veo decenas de ellas pastando al costado de la ruta.
Un extraterrestre en Bolivia
Un gran cartel verde nos indica que hemos llegado a La Quiaca. Contentos, detenemos los motores e inmortalizamos el momento con varias fotografías. Recorremos la ciudad, compramos algo de comer y sin perder demasiado tiempo nos dirigimos hacia la frontera con Bolivia. En aduana nos dicen que podemos cruzar caminando, sin hacer trámites migratorios. La idea es averiguar por hospedajes en Villazón -para pasar allí la noche-. De esta manera, evitaríamos hacer los trámites mañana y podríamos salir bien temprano a la ruta.
Por votación unánime, el elegido para cruzar soy yo. Me calzo las zapatillas, agarro las anotaciones que Gabi tiene de varios hospedajes, una lapicera y me lanzo hacia el puente internacional, entre una multitud que va y viene cargando gigantes bolsos con mercadería. Me siento bastante raro y diferente. Apenas cruzo el arco que dice “Bienvenidos a la República de Bolivia”, todas las miradas recaen en mí. Supongo que el equipo de motociclista que llevo puesto me hace ver como un extraterrestre. Desemboco en una calle en la que hay cientos de comercios, amontonados unos contra otros. Artículos de electrónica se mezclan con ropa de lana y casas de cambio, entre otros rubros. Preguntando a un taxista ubico algunos hospedajes apuntados. Casi ninguno cuenta con agua caliente y menos aún con lugar para las motos, hasta que llego al “Palace Hotel”, que parece ser el indicado. El encargado me sugiere dejar las motos en una galería interna, y al parecer, éste sí cuenta con agua caliente para bañarse.
Sin dar más vueltas, vuelvo a La Quiaca –nuevamente estoy en Argentina!- y me reúno con Gabi y Mabe. Luego de presentar los documentos requeridos en aduana obtenemos el permiso para cruzar el puente “Horacio Guzmán”, pero esta vez en moto. Llegamos al hotel cayendo la tarde. La puerta del frente es muy angosta, y no se puede abrir en su totalidad, por lo que las motos no entran así. Después de unos cuantos intentos, sacando las valijas y alforjas laterales logramos ingresarlas. Con la poca luz del día que nos queda, nos dirigimos al centro, para cambiar dinero y a hacer unas compras –algunos recuerdos y la popular y tan buscada pastilla Soroche Pills, para el mal de altura-.
Es nuestro primer día es este país y por ende debemos atrasar nuestros relojes (hay una hora de diferencia con respecto a Argentina). A la noche estoy exhausto, fueron 493 kilómetros en casi diez horas de viaje, y necesito un baño. El agua por suerte sale caliente y me relaja por completo.
Dispuestos a un merecido descanso y para reponer fuerzas nos acostamos temprano, ya que mañana también será un día duro. Pero hay algo de lo que no fuimos advertidos. A pocos metros del hotel se encuentra un boliche, y pareciera que todo Villazón justo hoy salió a bailar. Me despierto a cada rato con temas de “Pablito Lescano”, “Nene Malo” y “Las Culisueltas”, que se repiten hasta mi hartazgo durante toda la noche. Mi primera experiencia durmiendo afuera del país no es nada agradable, pero me consiento con pensar que mañana estaré disfrutando de una verdadera aventura, cruzando montañas a 4500 msnm., y hacia el salar más grande del mundo.









