Empiezo con la mía. En setiembre viajamos con mi hermano desde Mendoza hasta un lugar en San Juan que se llama Pismanta. Está cerca de Calingasta, en la precordillera y a 2.000 metros de altura. Yo todavía no tenía la TW, y andaba en una Zanella RX 150. Llegamos a la ciudad de San Juan pasado el mediodía, así que, como corresponde, paramos a comer algo y "cargar combustible". Cuando estábamos en la mesa, de la nada aparece un tipo y empieza a preguntarnos si nosotros éramos los de las motos, que adónde íbamos, etc. Cuando le contamos, me mira a mí, que llevaba una campera impermeable como único abrigo, y me pregunta si yo pensaba subir vestido así.
Mientras tuve la Zanellita, nunca me preocupé mucho por equiparme porque no estaba en mis planes hacer viajes muy largos. Así que cuando viajaba, llevaba "lo puesto". El tipo me empezó a decir que en el lugar donde íbamos era muy frío para esa época, que no íbamos a llegar y demás. Entonces me ofreció un mameluco térmico que él usaba cuando viajaba a Calingasta. Nos contó que había subido muchas veces ¡¡en una Garelli 50cc!! y que conocía bastante el camino.
Bajo el sol del mediodía sanjuanino y con una cerveza encima, a mí no me parecía que el frío pudiera ser un gran inconveniente, así que le dije que no iba a hacer falta. Pero el tipo empezó a insistir que llevara el mameluco, y rompió tanto que al final acepté, nada más que para que nos dejara comer tranquilos. A esa altura, yo no entendía mucho cómo estábamos hablando con un desconocido, que hacía tanto esfuerzo para prestarme una ropa que ni siquiera sabía si iba a recuperar!
La cosa es que empezamos a subir, y no les puedo contar el frío que hacía para arriba. Si no hubiera llevado el mameluco, a mitad de camino tendríamos que haber vuelto. Fui todo el viaje dando gracias por habernos cruzado con esa persona, y aunque yo no soy muy religioso, la verdad tenía la sensación de que nos había estado cuidando el "ángel de los moteros".
Bueno, aquí les dejo unas fotitos de ese viaje, que yo recomiendo hacer en verano o en otoño, porque hay unos pueblos muy bonitos con unas alamedas que, pintadas de amarillo, deben ser todo un espectáculo.


